Verse los pies
para entender
que el "debo ser"
no está en la piel
ni en la ciudad,
ni en el vivir
de cara al sol
ni en la tormeta
de entristecer,
ni en la angustia
(aburrimiento-
cara de nada-
anestesiada)
del día a día,
del tiempo inmune
a los deseos,
a las miradas,
a las jugadas,
o aniversarios,
o casamientos,
o cumpleaños.
Es que no existen,
las mantos sacros
últimas copas,
libros dictados
desde el edén;
nunca existieron
las reglas ciertas,
la aguja negra
-reloj con radio-
que se achicharra
en la hora ausente,
del tiempo que anda
a punta y clavo.
Lo que hace falta
se aterciopela
entre las manos
blancas y quietas
enarenadas
piramidales,
empetroladas.
Decir te extraño
o acuchillar
el papel viejo
de la pared
con flores rosas,
hojas violetas;
querer abrir
una ventana
al más allá,
cielos violetas
mares azules;
verte llegar
quererte así:
escondido
en el atardecer.
Y saber
que no hace falta
envejecer
para reír.
para entender
que el "debo ser"
no está en la piel
ni en la ciudad,
ni en el vivir
de cara al sol
ni en la tormeta
de entristecer,
ni en la angustia
(aburrimiento-
cara de nada-
anestesiada)
del día a día,
del tiempo inmune
a los deseos,
a las miradas,
a las jugadas,
o aniversarios,
o casamientos,
o cumpleaños.
Es que no existen,
las mantos sacros
últimas copas,
libros dictados
desde el edén;
nunca existieron
las reglas ciertas,
la aguja negra
-reloj con radio-
que se achicharra
en la hora ausente,
del tiempo que anda
a punta y clavo.
Lo que hace falta
se aterciopela
entre las manos
blancas y quietas
enarenadas
piramidales,
empetroladas.
Decir te extraño
o acuchillar
el papel viejo
de la pared
con flores rosas,
hojas violetas;
querer abrir
una ventana
al más allá,
cielos violetas
mares azules;
verte llegar
quererte así:
escondido
en el atardecer.
Y saber
que no hace falta
envejecer
para reír.
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