jueves, 19 de agosto de 2010

Amor

Cara de pez espada mirando hacia abajo lame la ruta de tus despojos. Confía en tu mente. Siempre lo he dicho. Sé tu cadena de oros mismos. Y sé vos mismo. Y si hubiera un nicho entre nosotros es porque alguien un día decidió morir para complicarnos. No nos importa, porque al despertar, nada más nos gusta aferrarnos a la vida, y a la muerte como parte de la vida, y comer papas fritas, y tostadas con tomate. Amamos los árbles y los astronautas, las ciencias y los paquidermos. Nos encantaría que los elefantes levitaran, no queremos saber los secretos de los magos, pero sí nos acariciamos al pensar en autoespumas y en peces que nadan en un cuarto a oscuras. Somos felices con tan poco, porque la felicidad no existe sino con nosotros, y de nosotros sale la felicidad en forma de canal cúbico luminoso con pedazos de ceviche voladores. Figurines tamizados con cebollas. Cartas de cariño y de lavar la ropa, para salir me encuentro con tu boca de la que tomo los restos de agua congelada de iceberg que ya se derrite. A los dos nos preocupa la naturaleza y queremos a la naturaleza, y nos vemos en la naturaleza como si fuera también una parte de nosotros, y no sólo nos vemos así, sino que somos así: una parte de ella, una parte de nosotros, una nube que también es polvo y también es viento y también es rayo y también espada, y es bomba nuclear, porque todo es parte del todo y eso no lo entendemos pero igual nos gusta. O será que sí lo entendemos, pero no nos gusta. Te conocí en un día de sol, tus ojos de lluvia plateada, cansados, abajo de una mochila que llevaba el peso de tu tierra abandonada, que defendés sin escudo, y qué importa para vos que te lastimen si en realidad vos sos una parte de la vida. Alargados los ojos de tormenta, casi escuálidos los hombros y la piel de manteca, y las manos de archimago de la india venido directamente a darme un curso de arquetipos espirituales y antilógicos, antirrábicos, antiderrumbes emocionales… Duende de fibras salvajes: no hay cuento de hadas, ni damas, ni reinas blancas, ni negras, ni caballos, ni reyes, ni torres, ni alfiles, ni piques, ni corazones. Nos desordenamos los estómagos al caernos peleando dentro de nuestros abrazos, somos felices al intentar delimitar la mafia en los salones, la fiebre en los borrachos, la pobreza en los poderes combativos… Tal vez estaremos aquí cuando la manada altoparlante calle, y podamos acordarnos de lo que costaba podar ese arbusto agónico que en su momento estorbó nuestros mecanismos.

Ando almorzada de alfombras y de casas con jardines y esculturas con maderas y alambre, y ventanas con vidrios de colores, vomito fotografías trasparentes que desnudan el momento presente. Las nubes estarán radiantes, mi pelo trenzado y canoso, las legumbres en un frasco, las harinas en el estante, las manzanas con canela, las huertas con sus rúculas, cuando ya no haya veredas.

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LB-0768 (c. 1959)

cuero cabelludo
la frente
las orejas
la base del cráneo
la nuca
la espalda entre los omóplatos
la base de las costillas
el plexo solar
el estómago el esófago la garganta
los intestinos – el ano
el hueso pélvico las articulaciones
las piernas muslos tobillos los dedos de los pies
los brazos antebrazos y las manos
la respiración
la palpitación
los acaloramientos
los dolores – los cólicos –
el olor a sudor del animal
acorralado en máxima tensión

Louise Bourjois

"Estamos hechos de la misma sustancia con la que están hechos los sueños, y nuestra breve vida está rodeada de un sueño"

William Shakespeare, La Tempestad, (IV, esc. 1)