
Me deprimí. Y deprimida volví a ser yo. Sin yo. Las heridas oscuras de las calles, años de tajadas, pilas de cartones, montañas de basura de colores.
Oscurecí todas las partes de lo que creía que era yo; un tejido de recuerdos. Castillos de costumbres, de certezas, se cayeron. Los tiré. Les pegué una patada y desaparecieron, transformados en un cuerpo nuevo, material de hueco. Puede que haya borrado cosas, y que haya más cosas, en lo profundo del secreto -escondido, negro- que todavía quiero borrar.
Me gustaría entender el sistema de creencias de la gente. Saber cómo todos parecen tan diferentes, y sin embargo son casi iguales. Quiero tener la certeza de que todos, en algún momento, tienen el pálpito de la divinidad. Al ver un arco iris, una muerte, un nacimiento, una flor carnívora y colorida. No puedo aceptar que sólo crean en las pantallas. Las imágenes son más fuertes que las palabras. las imágenes son chapuzones en un río. Las palabras, en largas frases, en muchas hojas, son un desierto poco seductor. Me cansa saber que todo cambiará hasta que lo que existe, desaparezca. Aún cuando sé que siempre se trata de un mismo material que atraviesa procesos. Me angustia sentir que siempre somos extranjeros del tiempo que pasa. Pero me gusta la imagen del surfista, pensar que sólo hay que subirse a la ola y dejarse llevar. Percibir cuál es el mejor momento para ponerse de pie, y el mejor para acostarse. También nosotros elegiremos ataúdes de madera para descansar, hasta que no haya más árboles y los cuerpos se entierren desnudos, en la tierra, como se debe.
Me gustan las formas armoniosas de la naturaleza. Y los colores. Los sonidos y la forma que tienen las cosas cuando se mueven. Me gustaría entender mejor el movimiento, una fuerza que al transportarse genera cambios en la forma y en la materia, pero no en la esencia. El movimiento empieza en un lugar pero nunca termina. El movimiento no empieza en ningún lugar. El movimiento existe en sí mismo, no podemos decidir un movimiento. Cuando decidimos un movimiento, el fluir deja de fluir. Por eso es necesario confiar y subirse a la ola, como el surfista. Pero hay que decidir cuándo ponerse de pie, y cuando acostarse. Pero la ola es la ola. La ola no piensa, es vasta porque es el mar. Pero cuando pensás un movimiento, se corre el riesgo de dejar de fluir.
Debemos volver a los ciclos naturales. dejar que el aire llene los pulmones a un ritmo natural, inalterado por pensamientos agresivos o ansiosos. Dejar que los deseos fluyan sin que se mecanicen, sin que se conviertan en obsesiones, sin que obstruyan el momento, la improvisación.
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