Autopista, abajo.
La única
luz, encendida en la ciudad,
sale de una casa
redonda,
dentro del tejido
celestial que las arañas
germinan
a su paso.
Abajo de la autopista:
calles, árboles,
oscuridad profunda.
Llego a la casa.
Un pozo central separa los ambientes
entre el eucalipto
y la arena.
No hay mucho más que eso,
y un día a pleno sol
con silencio de quema de hojas.
Pero adentro,
el aburrimiento suena
a desesperación.
Y cuando abro los nuevos
tappers
de las repisas,
obtengo mis deseos:
a veces agradezco,
y otras me lamento.
Estoy acostumbrada a otro tipo de sutileza.
Quisiera sentir otra vez
la calidez del arcoíris,
en los rincones
Tranquilidad de crecer
Como crece el árbol
Del barro dulce.
De pronto, en la Casa,
cualquier cosa
Es difícil.
Todo es muy difícil
y la luz,
no lo aligera;
desviste
lo escondido
entre las sombras
y lo amedrenta.
(... Es secreta la forma del auxilio que se pide.
Las ganas de no escuchar
Las ganas de escuchar otra cosa.
Y descubrir que los deseos
no son siempre la línea blanca que
soñabamos.
La desesperación es
Crónica…
Una vez nacida
es Auto-existente)
Me siento verde,
Deformada. Tengo una máscara peluda,
que un animal esconde
en una noche oscura.
Y, de pronto, por escarche,
se calienta con sus propias
maneras de acalorarse.
Y de pronto, por el hambre,
cena alguna parte blanda
de su cuerpo, a esa altura,
irresistible.
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