viernes, 1 de julio de 2011

Autopista, abajo.

La única
luz, encendida en la ciudad,
sale de una casa
redonda,

dentro del tejido
celestial que las arañas
germinan
a su paso.

Abajo de la autopista:
calles, árboles,
oscuridad profunda.

Llego a la casa.
Un pozo central separa los ambientes
entre el eucalipto
y la arena.

No hay mucho más que eso,
y un día a pleno sol
con silencio de quema de hojas.

Pero adentro,
el aburrimiento suena
a desesperación.

Y cuando abro los nuevos
tappers
de las repisas,
obtengo mis deseos:
a veces agradezco,
y otras me lamento.

Estoy acostumbrada a otro tipo de sutileza.
Quisiera sentir otra vez
la calidez del arcoíris,
en los rincones

Tranquilidad de crecer
Como crece el árbol
Del barro dulce.

De pronto, en la Casa,
cualquier cosa
Es difícil.

Todo es muy difícil
y la luz,
no lo aligera;
desviste
lo escondido
entre las sombras
y lo amedrenta.


(... Es secreta la forma del auxilio que se pide.
Las ganas de no escuchar
Las ganas de escuchar otra cosa.

Y descubrir que los deseos
no son siempre la línea blanca que
soñabamos.

La desesperación es
Crónica…
Una vez nacida
es Auto-existente)

Yo, por otro lado,
Me siento verde,

Deformada. Tengo una máscara peluda,

que un animal esconde

en una noche oscura.

Y, de pronto, por escarche,
se calienta con sus propias
maneras de acalorarse.
Y de pronto, por el hambre,
cena alguna parte blanda
de su cuerpo, a esa altura,
irresistible.

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LB-0768 (c. 1959)

cuero cabelludo
la frente
las orejas
la base del cráneo
la nuca
la espalda entre los omóplatos
la base de las costillas
el plexo solar
el estómago el esófago la garganta
los intestinos – el ano
el hueso pélvico las articulaciones
las piernas muslos tobillos los dedos de los pies
los brazos antebrazos y las manos
la respiración
la palpitación
los acaloramientos
los dolores – los cólicos –
el olor a sudor del animal
acorralado en máxima tensión

Louise Bourjois

"Estamos hechos de la misma sustancia con la que están hechos los sueños, y nuestra breve vida está rodeada de un sueño"

William Shakespeare, La Tempestad, (IV, esc. 1)