sábado, 10 de septiembre de 2011

Ha pasado, casi completo, el invierno. Los vientos trajeron tensión al ambiente. Más tensión aún. El sol se hace desear.

Todavía, amarillo, se desea.


Como pescados, los seres se arrastran sobre la tierra quemada. Entre ellos, la tierra. En ellos.

Dejando sonar sus cuerpos, aletean el aire en el intento de captura de alguna maravilla salvadora que los libere de las profundidades y los vuelva a la fina -quizás inexistente- superficie.

¿Dónde está la realidad?

Débil, como una pluma que intenta elevarse del pozo de barro, ejerciendo toda la fuerza posible desde abajo, con tanta tensión como el mundo se lo permite, con la intensidad única de un único presente manifiesto, el espíritu quiere resbalar, flotar,
hasta aceptaría desgarrarse para llegar a tocar la línea blanca, azulada de la tranquilidad.


Pero no. Hay otra tempestad.

Dejamos que le tempestad avance, caemos para recuperarnos,
para repetir, y en la repetición experimentar el acontecimiento único del único cuerpo, absoluto,
compartido en el tiempo presente con todos los cuerpos que existen.


Ahora: se frota con el destino, la primavera.
Pero no, no todavía.

Nada es lo que esperamos.

Dejemos de esperar.

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LB-0768 (c. 1959)

cuero cabelludo
la frente
las orejas
la base del cráneo
la nuca
la espalda entre los omóplatos
la base de las costillas
el plexo solar
el estómago el esófago la garganta
los intestinos – el ano
el hueso pélvico las articulaciones
las piernas muslos tobillos los dedos de los pies
los brazos antebrazos y las manos
la respiración
la palpitación
los acaloramientos
los dolores – los cólicos –
el olor a sudor del animal
acorralado en máxima tensión

Louise Bourjois

"Estamos hechos de la misma sustancia con la que están hechos los sueños, y nuestra breve vida está rodeada de un sueño"

William Shakespeare, La Tempestad, (IV, esc. 1)